La base del emprendimiento empresarial es la información. De hecho, algunas de las primeras manifestaciones de escritura y contabilidad proceden de mercaderes sumerios de alrededor del año 8.000 a.C., que utilizaban pequeñas cuentas de barro para representar artículos para el comercio y después dejaban constancia escrita de sus transacciones. Así que, cuando examinamos el papel de los datos en la actualidad, podemos afirmar que no ha cambiado gran cosa. Ahora tenemos capacidad para recopilar, almacenar y usar más información, pero la naturaleza de los datos y su importancia no han variado esencialmente. De acuerdo con esta interpretación, la expresión big data es solo una manera grandilocuente de describir la capacidad de la sociedad de controlar más datos que nunca, pero no altera la naturaleza fundamental del comercio desde la Antigüedad hasta nuestros días.

Desde la imprenta a la tableta

Es posible, sin embargo, que dicha interpretación sea completamente errónea. Y es que, en muchos ámbitos de la vida, cuando uno cambia la cantidad, está modificando también la forma. Por ejemplo, puesto que ya se habían inscrito símbolos en tablillas de barro y después formado y escrito palabras con tinta en papiros, nadie sugeriría hoy que la imprenta no supuso una revolución sin precedentes cuando se introdujo alrededor de 1450. Sí, antes ya existían palabras y libros, y sí, había más palabras y más libros. Pero no era lo mismo. Más no era simplemente más; más era distinto.

Las consecuencias de la imprenta fueron un aumento drástico de los materiales escritos y un descenso de los costos de producirlos. La nueva era de «más palabras» trajo consigo enormes transformaciones añadidas. Diluyó la autoridad de la Iglesia y el poder de las monarquías; hizo posible la alfabetización masiva, la democracia, el capitalismo y una sociedad basada en el conocimiento como requisito para el trabajo en lugar de solo la fuerza física.

Hoy en día, el concepto de material escrito —de «libro»— está cambiando de nuevo. Hay tabletas informáticas digitales como el iPad con capacidad para almacenar todos los libros de la biblioteca de una universidad importante en un único dispositivo. Y que además buscan, indexan y permiten que se copien y compartan con facilidad y de forma instantánea pequeñas porciones de contenido. Más es nuevo. Más es mejor. Más es distinto.

Las palomas mensajeras dejaron su legado

Hasta aquí las palabras. Ahora pensemos en las comunicaciones. En el pasado, las sociedades tenían capacidad de enviar mensajes a lugares distantes. En la Antigua Roma ya se empleaban palomas mensajeras. Para comunicarse con sus oficiales, Gengis Khan creó casas de postas para palomas por toda Asia y partes de Europa oriental. En los negocios, en la década de 1880, la familia de banqueros Rothschild mandaba sus mensajes usando palomas, igual que hacía el servicio de noticias sobre mercados financieros Reuters.

Pero cuando llegó el telégrafo nadie pudo negar que los cables y las pulsaciones eléctricas eran una versión mejorada de las palomas mensajeras. Más era distinto. Luego llegó el teléfono y, con él, las grandes comunicaciones. La reducción de costos y la creciente facilidad de uso no eran más de lo mismo. Igual sucedió con la radio. Hoy internet es tan fundamentalmente distinto de las palomas mensajeras que comparar ambos medios de comunicación parece ridículo. Pero eso no hace más que subrayar el grado hasta el cual más no es solo más; más es nuevo, mejor y distinto.

Estamos aprendiendo qué son los datos

Con los datos ocurre como con las palabras y las comunicaciones. Tenemos más información que nunca. Pero su importancia no reside en el hecho de que podamos hacer más de lo que ya hacemos, o saber más de lo que ya estamos estudiando. Sino que el cambio de escala conduce a un cambio de estado. Y el cambio cuantitativo a un cambio cualitativo. Fundamentalmente, al tener más datos podemos realizar muchas cosas que no podíamos lograr cuando teníamos cantidades menores de información.

De hecho, estamos empezando a aprender lo que son esas cosas, ya que siempre hemos autocensurado nuestra imaginación sobre lo que es posible conseguir con datos. Esto lo hacíamos de manera inconsciente, porque nos resultaba inconcebible disponer de tantos datos, porque ignorábamos que sería tan fácil recopilarlos, almacenarlos, procesarlos y difundirlos. ¿Sobre qué base habríamos podido extrapolar una información así?

Ni el hombre más sabio del mundo habría podido concebir, con un ábaco en la mano, la calculadora mecánica con discos para introducir los miles de millones. El experto que manejaba estos discos quizá no concebía la existencia de la computadora electrónica. E incluso cuando se inventó el transistor, años después de las primeras computadoras, habría resultado difícil, salvo para el ingeniero más visionario, imaginar el ritmo estipulado por la ley de Moore. Esta ley establece, como principio de la era digital, que el número de transistores de un chip se duplica cada dos años, lo que, con el tiempo, se traduce en reducciones exponenciales en costos y aumento de potencia.

Adam Smith lo sabía, pero no podía

Los cambios en el grado hasta el cual una sociedad puede recopilar e interactuar con información tienen profundas consecuencias en nuestra comprensión de la economía. La idea misma de economía es un concepto reciente. Cuando el economista clásico surgió en Gran Bretaña a mediados de la década de 1700, su disciplina se llamaba filosofía política; el término «economía» apareció más tarde. Su verdadero padre fundador, Adam Smith, era un filósofo moral cuya obra más importante anterior a La riqueza de las naciones fue un libro titulado La teoría de los sentimientos morales.

Resulta tentador leer pasajes de los economistas clásicos y suponer que vivían en un mundo basado en la observación y de prosa recargada en el que los asuntos comerciales eran descritos mediante palabras majestuosas antes que con números desnudos, un mundo de ideas donde los datos apenas tenían cabida. Pero esto sería incorrecto. De hecho, La riqueza de las naciones de Adam Smith está repleta, página tras página, de datos sobre producción de maíz. Los primeros pensadores económicos del siglo XVIIse apoyaban de forma significativa en datos para elaborar sus ideas.
Sin embargo, cuando llegó el momento de definir los factores que intervienen en la producción, identificaron tres: tierra, mano de obra y capital.

No incluyeron «información» como componente individual, aunque Smith y otros escribieron de forma elocuente sobre cómo los mercados dependen de la información.

Resulta sencillo comprender por qué la excluyeron. En aquel tiempo era tan sumamente difícil recopilar, almacenar y usar la información que la idea de que pudiera ser por sí misma una materia prima en los negocios habría sonado ridícula. Después de todo, los datos tenían que ser recopilados por una persona equipada con una pluma de ganso y un pergamino. Manejar y utilizar la información era caro y laborioso. Recordemos que por entonces no existían ni siquiera los rudimentos de la estadística. Así que, incluso si uno disponía de los datos, no podía hacer gran cosa con ellos.

Obviamente, hoy la situación ha cambiado por completo. Por supuesto que siguen existiendo limitaciones sobre lo que uno puede realizar con datos. Pero necesitamos cuestionar la mayor parte de nuestras ideas preconcebidas sobre los costos de recopilarlos y la dificultad de procesarlos. Seguimos anclados en una mentalidad de «escasez», como esas personas mayores que corren a ponerse al teléfono cuando les llama un familiar que vive lejos y enseguida cuelgan porque «es conferencia», un comportamiento heredado de los días en que el teléfono era caro, antes de que la liberalización del mercado y las nuevas tecnologías cambiarán para siempre las tarifas de las telecomunicaciones.

Los datos contribuyen a la seguridad de las personas

Nuestras instituciones siguen asentadas sobre principios de escasez e información de costo elevado. Las cajas negras de los aviones conservan sólo una cantidad minúscula de datos, unas cuantas horas de parca información relativa a la mecánica y a la cabina de mandos, un residuo de la época en que fueron diseñadas. La señal que permite recuperarlas es débil y la batería tiene una duración corta, de solo treinta días. El mundo se ha puesto a subsanar estas deficiencias después de la tragedia del vuelo de Malaysia Airlines MH370 que desapareció en marzo de 2014.

Lo cierto es que el planteamiento «caja negra» permitiría ayudar a la sociedad de varias maneras. Podrían instalarse estos dispositivos en vehículos policiales e incorporarse al uniforme de los agentes para ayudar a los tribunales a dictaminar sobre acusaciones de agresión policial frente al uso legítimo de la fuerza. Sin embargo, solo se emplean en pocos lugares. De igual modo, las cajas negras podrían usarse en los quirófanos para que los cirujanos aprendan de sus errores, para que pacientes que han sido víctimas de negligencia consigan obtener su indemnización o para demostrar que una actuación médica ha sido impecable.

Pero los médicos temen que algo así abra la puerta a una avalancha de demandas por negligencia y se resisten a su introducción. Lo cierto es que ni a la policía ni a los médicos les falta razón en sus posturas anti datos: la sociedad necesita tiempo para asimilar cómo aceptar e integrar una tecnología nueva y para desarrollar la nueva cultura que esta requiere. Al fin y al cabo, no hemos hecho más que empezar a sentirnos cómodos con los ordenadores, medio siglo después de que su uso se haya generalizado.

Tensión entre la tecnología y las reglas de la sociedad

En este sentido, la experiencia de los medios de comunicación sociales resulta instructiva. En su elogiado libro Delete: the Virtues of Forgetting in the Digital Age , Viktor Mayer-Schönberger (coautor de mis dos libros sobre big data) recoge anécdotas espeluznantes de personas a las que se les denegó un empleo por cuestiones como una fotografía suya tomada durante una juerga y publicada años atrás en su página de Facebook. Sucesos como este vienen a evidenciar el extremo hasta el cual los encargados de recursos humanos no se habían replanteado sus métodos de selección para un mundo en el que nuestro pasado siempre está online y en el que resulta más necesario que nunca «pasar por alto» las locuras juveniles de cada uno.

De manera similar, en el mundo de los big data se grabarán muchas cosas por defecto simplemente porque existen o porque suceden. Transcurrirá un tiempo antes de que la sociedad encuentre la manera de manejar esto y cambien las prácticas y las actitudes para que sea posible incorporar de forma razonable la tecnología a nuestras vidas, a nuestras instituciones y a nuestros valores.

Es interesante que esta tensión —entre lo que la tecnología es capaz de conseguir y las actitudes y reglas con las que convive— ponga de relieve uno de los principales puntos de fricción al que ha tenido que hacer frente el establishment político estadounidense después de que Snowden filtró información sobre vigilancia masiva por parte de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés). Dicha tensión inherente se resume así: la ley está diseñada para una época en la que recopilar y analizar datos era difícil y costoso, y por tanto refleja esos supuestos. Con el tiempo, estas acciones —como, por ejemplo, revisar metadatos telefónicos u otras actividades que habrían sido consideradas imposibles o al menos excepcionales en la década de 1970, cuando se aprobaron las leyes— se volvieron fáciles y baratas y, para junio de 2013, cuando se hicieron públicas, eran ya un lugar común.

Desde el punto de vista de los defensores de la privacidad, las actividades de vigilancia a gran escala de la NSA no estaban autorizadas por la ley. Según la NSA, sus programas no eran más que versiones ampliadas de lo que permite la ley. ¿No debería una agencia de seguridad proveerse de las mismas herramientas modernas que emplean sus adversarios para actuar en su contra?, argumenta. A lo que los críticos responden: si quieres tener ese poder, consigue primero autorización legal y luego convéncete de que el público aceptará un Estado policial digital.

Desafortunadamente, el sistema político estadounidense aún no ha sido capaz de mantener un debate maduro y responsable sobre estas cuestiones que le permita alcanzar algún tipo de consenso. Aunque este análisis no pretende en modo alguno exonerar estas actividades, sí supone, quizá, un paso adelante a la hora de explicarlas. Aquí, una vez más, volvemos al tema central de los big data. Más no es simplemente más. Más es mejor. Más es distinto.

Ningún ámbito de actividad humana ni sector industrial será inmune a la profunda reestructuración que está a punto de producirse a medida que los big data se abren paso en la sociedad, la política y los negocios. El hombre moldea sus herramientas. Y sus herramientas lo moldean a él.

Fuente: Kenneth Cukier Director de la revista The Economist, BBVA Openmind, Reinventar la empresa en la era digital

Adaptado por la División consultoría de EvaluandoSoftware.com